MÁS QUE UN DEBER UNA MISIÓN
Hoy
conversé con un amigo que invite a almorzar en casa. Mientras ayudábamos a mi
esposa a preparar el almuerzo bromeábamos acerca de que debería casarse.
Solemos hacer este tipo de bromas con él porque aun no lo hemos visto interesado
en alguna chica. Lo cierto es que los que le conocemos sabemos que es un joven
que está dando su juventud y soltería a Dios y aprovechando el tiempo en
servirle.
Recuerdo
que en momento de la conversación dije algo que me di cuenta no era la primera
vez que se lo decía a un amigo mío soltero. Lo que le dije fue “ES TU DEBER CASARTE, TENER HIJOS QUE HONRREN A DIOS Y LE SIRVAN Y QUE HAGAS
FELIZ A TU ESPOSA AMÁNDOLA COMO CRISTO AMÓ A LA IGLESIA”. Esto ha causado
que medite un poco en esas palabras y me dé cuenta el porqué de mi insistencia.
En
concreto, veo que no hay una idea solida y clara en los jóvenes solteros acerca
del matrimonio. Me doy cuenta que la mayoría da pasos por influencia más que
por principios. Esto no quiere decir que los jóvenes caminan perdidos en sus
ideales, pero es más que estar seguro de que lo que estoy haciendo es correcto,
es saber para qué y por qué debo hacerlo.
Para
explicarme mejor voy a ponerme “YO” como un ejemplo. Cuando me casé no estaba
jugando, estaba seguro que amaba a mi esposa y que casarme con ella era la
voluntad de Dios para mi vida. Nunca lo dude. En cuestión de la crianza de
nuestros hijos siempre tuvimos la convicción de que pase lo que pase les
enseñaríamos la palabra de Dios. Y esto porque yo sabía que inevitablemente los
hijos vendrían al hogar (a menos que Dios determinara lo contrario) así que no
podíamos pensar menos. No sé si pueden darse cuenta que yo pensaba que casarme
y tener hijos era como algo a lo que estaba sentenciado en mi futuro y no algo
que yo debería buscar, anhelar y prepararme para cuando llegue.
Ahora
algunos años después, felizmente casado y con dos hijos, me doy cuenta del
tiempo que perdí. Recién puedo entender de la palabra de Dios la realidad de mi
responsabilidad como esposo y padre. Como el responsable directo del futuro de
mi familia y de mis generaciones cada mañana despierto sabiendo que mis
acciones, palabras, gestos, pensamientos, hábitos, ideales, miradas y todo lo
que en mí concierne está construyendo el futuro de mis hijos. Mi vida entera es
una Misión y mis hijos deben aprender que ellos también tienen una misión y
deben enseñarles a sus hijos lo mismo. Somos parte del pueblo de Dios y
anunciamos las maravillas de su Gran poder como Rey del universo.
Por
eso cuando pienso en un deber me imagino a alguien cumpliendo una tarea
encomendada, pero cuando pienso en una Misión me imagino a alguien respondiendo
un llamado poniendo en esa labor todas
sus fuerzas, pues integra cada parte de su ser. Una Misión envuelve tus
pensamientos, emociones y voluntad, has renunciado a tu vida para cumplir la Misión
a la que has sido llamado.
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